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Déficit en habilidades sociales y timidez


La interacción interpersonal cumple un papel importante en el desarrollo infantil y adolescente: en su funcionamiento psicológico, en su rendimiento académico y por supuesto en su bienestar y adaptación social. De ahí, que en las últimas décadas vengamos asistiendo a un incremento notable de las investigaciones y avances en este campo.

Por lo general, nos encontramos que los padres de niños tímidos o con carencias en el repertorio de habilidades sociales no buscan ayuda terapéutica porque consideran que se trata de un problema que desaparecerá con la edad o bien que se trata de un rasgo inmodificable de su hijo. Más bien al contrario, la evidencia empírica apunta que los niños que presentan un alto grado de timidez y retraimiento social padecerán consecuencias negativas también en su etapa adulta. Por otro lado, en el contexto escolar, al tratarse de niños que no emiten conductas perturbadoras suelen pasar desapercibidos y sus dificultades se ignoran.

El déficit en habilidades sociales o la timidez aluden a una serie de fenómenos heterogéneos y a conceptos que en muchas ocasiones utilizamos de forma arbitraria. No es lo mismo un niño que presenta baja motivación para relacionarse con sus iguales que uno que es excluido por los otros niños o adolescentes o que teniendo una alta motivación por el contacto con los demás lo evita por determinadas razones. Y entre estas razones pueden encontrarse la timidez o la carencia de habilidades sociales.

En el primer caso, la problemática se caracteriza por la evitación frecuente de situaciones sociales por la aparición de miedo, de miedo a la evaluación que de él harán los otros niños o adolescentes y/o de miedo a los desconocidos. En el segundo caso de déficit de habilidades sociales, en el que no necesariamente tiene que presentarse el miedo o la timidez, nos encontramos con un niño que puede llegar incluso a hacer intentos claros de interacción, pero que utiliza formas y estrategias que no son las adecuadas, lo que le trae como consecuencia el rechazo de los demás.

Parece que tanto la timidez como el déficit en habilidades sociales se explican por la presencia de múltiples factores: en un inicio podemos hablar de cierta predisposición genética. Ésta puede manifestarse a través de un temperamento inhibido en el bebé. Las primeras interacciones con sus cuidadores podrán corregir dicha predisposición y minimizarla o bien acrecentarla aún más. Tras sus primeros contactos con niños de su edad adquirirá sus primeras habilidades y pondrá en marcha determinados comportamientos junto con pensamientos e ideas que irá elaborando sobre los demás, sobre sí mismo y sus capacidades. Ya sea por observación, a través de su propia experiencia o mediante información que se le proporciona, ese repertorio de comportamientos se podrá ir modificando. En la medida en que el niño no disponga de un conjunto adecuado de habilidades y estrategias se incrementará su percepción negativa de las situaciones sociales, su fracaso en esas situaciones contribuirá a crear una imagen de sí mismo como ineficaz y le conducirá a poner en marcha conductas de evitación.

Por otro lado, las interacciones con los demás no sólo suponen espacios para el aprendizaje, sino que también se erigen como fuente importante de experiencias. Carecer de dichas oportunidades conlleva el riesgo añadido de no poder disfrutar de apoyo social, de una fuente importante de diversión y gratificación, de modelos adecuados que imitar,de reciprocidad y afecto, etc. lo que puede generar también problemas de expresión emocional y de autoestima.

Un adecuado abordaje terapéutico pasa por proporcionar al niño todo un paquete de habilidades y destrezas junto con la oportunidad de practicarlos en un entorno seguro como es la consulta o un grupo de iguales orientados por el terapeuta. Dentro de este paquete se incluyen destrezas como introducirse en un grupo, participar en juegos, saber hacer peticiones o negar las de los demás, manejar las críticas o la vergüenza. También será importante incluir un módulo destinado a mejorar la idea del menor sobre sí mismo de cara a completar su autoconcepto (características que el menor percibe en sí mismo) y mejorar su autoestima (valor negativo o positivo que da a sus características).