Se hace evidente que el estrés es una emoción que contribuye a la aparición de enfermedades físicas y/o trastornos psicológicos. Según el médico y premio Nobel de Fisiología y Medicina Joseph Leonard, “el ser humano se pasa la primera mitad de su vida arruinando la salud y la otra mitad intentando restablecerla”.
Pero, ¿es cierto lo que afirma este médico?
Es indudable que muchas personas no son conscientes de cómo el estado psicológico puede afectar a nuestra salud física. Es un hecho cierto que muchas personas están más preocupadas por su estado o padecimientos físicos que por los psicológicos, y por ende entendemos que existe un gran desconocimiento sobre cómo estos últimos pueden contribuir en la aparición de los primeros.
Es frecuente encontrarnos con personas que sufren depresión o tristeza, ansiedad o estrés, así como una gran cantidad de temores que les limitan para alcanzar sus objetivos. Así mismo, es importante destacar que existen determinados rasgos de la personalidad que les puede influir en cómo se percibe y actúa frente al mundo y que algunos de ellos tienden a tener un carácter bastante dañino para la persona y, en consecuencia, repercusiones negativas para su salud. La falta de motivación o ilusión, las autoexigencias, la carencia de determinadas habilidades o recursos, hacen que muchas personas asuman y soporten situaciones perjudiciales para su salud física y psíquica, y desconocen que existen medios para conseguir modificar estas conductas.
El estrés puede provocar enfermedades físicas
Problemas digestivos, de la piel, musculares, respiratorios, etc. son solo algunas de las patologías que pueden surgir cuando una situación estresante se mantiene en el tiempo. Si estos estresores perduran y se mantienen de manera constante y prolongada, la persona se expone a problemas mayores como las enfermedades autoinmunes.
Por todo ello, es evidente que a día de hoy no existe ninguna duda sobre la relación directa que existe entre estrés y enfermedad, y por consiguiente, si sólo buscamos soluciones médicas, es bastante probable que no estemos atajando la raíz del problema.
En determinados casos, no en todos, una persona depresiva puede necesitar fármacos pues existe una inadecuada regulación de determinados neurotransmisores y esta le permitirá estabilizarlos; pero, ¿sería lógico pensar que gracias al fármaco la persona depresiva dejará de percibir el mundo como lo percibe?, ¿cambiará su manera de afrontar los problemas?, ¿dejará de tener creencias de carácter irracional al igual que tenderá a dejar de distorsionar situaciones? Además, ¿será la persona consciente de por qué a pesar de que pudieran existir factores que justificasen su tristeza, no tendría por qué caer en una depresión?, y ¿sabría qué hacer la persona, qué técnicas o qué recursos utilizar para no volver a caer en una depresión si la misma situación o similares volviesen a acontecer? o, aún peor, ¿sabría qué hacer si aquello que le genera malestar no desapareciese?
Casos como el descrito anteriormente dejan claro que enfermedades como la depresión y otras tantas deben ser evaluadas y tratadas de manera multidisciplinar porque, aunque el fármaco ayude a la mejoría del paciente a nivel biológico, este no abarca los factores sociales o psicológicos, que son en muchos casos la raíz del problema. Es por todo ello por lo que muchos pacientes acuden a un médico tras otro pues, o bien no encuentran la solución a su problema o, por el contrario, tras haber pautado un tratamiento con el paso del tiempo el problema persiste.
Finalmente concluir diciendo que del mismo modo que las enfermedades físicas nos influyen a nivel psicológico generándonos tristeza, preocupación, temor, llanto, angustia o ansiedad, etc., los problemas de carácter psicológico pueden provocar síntomas físicos que perjudican a la persona.



